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JUAN ESLAVA GALÁN

Arjona (Jaén) 1948...

 

EL TESORO DE SANTISTEBAN 

De su libro: LEYENDAS DE LOS CASTILLOS DE JAÉN

 

“Castillo bermejo,

te encontré muy pobre

muy rico te dejo”

 

Cuando el “rey moro” perdió el Castillo de San Esteban, dicen las viejas leyendas, que dejó enterrado en él un fabuloso tesoro, y que al despedirse de él, pronunció las palabras que encabezan este relato. Este dicho se ha venido repitiendo desde hace muchos siglos por los habitantes de Santisteban del Puerto, que siempre han creído que en aquel viejo Castillo de tierras rojas, seguramente teñidas por la sangre de los mil moros que allí murieron para defenderlo, había incalculables riquezas.

 

Manuel Escamilla, un viejo labrador del pueblo, vivía obsesionado con esta idea, y creía firmemente en ello, creencia que confirmaba las muchas monedas que allí se encontraban frecuentemente. Su obsesión llegó al punto de que no había noche en que no soñara que subía al Castillo y bajaba cargado con un gran tesoro. Este sueño se hizo tan habitual en él, que los días se los pasaba mirando al Castillo, mientras las noches las dedicaba a escarbar hasta dar con orzas y pucheros repletos de monedas de oro.

 

Ya no podía soportar Manuel esta situación, y un buen día se decidió a emprender lo que tantas veces había soñado, en la seguridad de que en lo alto del cerro lo esperaba su ansiado tesoro. Buscó un viejo azadón que guardaba en la cámara y una espuerta de pleita, y llamando a su hijo, lo puso al corriente de sus planes.

 

-        Padre, le dijo el muchacho, ¿usted cree?...

-        Sí, Andrés. En el Castillo hay un tesoro muy valioso y tenemos que subir por él. No se lo diremos a nadie y será solamente para nosotros.

-        ¿Ni a madre?

-        Cuando lo tengamos, pero ahora ni a madre.

-        ¿Y usted como lo sabe?

-        Lo he soñado muchas veces. Sé el sitio exacto. Sólo tenemos que escarbar un poco y ... ya verás...

-        Como usted quiera, terminó el hijo.

 

Con gran sigilo salieron de la casa, mientras Andrés llevaba la azada al hombro, Manuel cogía la espuerta, y subiendo por la calzada de Santa María, rodearon la iglesia y ascendieron por la empinada cuesta del cerro hasta llegar a la “casa de armas”, ya en la cúspide. Una vez allí se tuvo que sentar Manuel en el suelo agotado por el esfuerzo de la subida, mientras Andrés desde una derruida muralla contemplaba el pueblo, acurrucado entre los cerros.

 

Manuel se levantó, ya descansado, y dando varios pasos de un lado a otro, se detuvo al pie de una muralla medio caída y llamó a su hijo. Andrés acudió a la llamada, y tomando el azadón empezó a cavar en el sitio que le señaló su padre, y así estuvieron largo rato en un silencio expectante, oyéndose tan sólo los golpes secos de la herramienta al dar en la tierra.

 

-        Déjame cavar un rato, le dijo el padre al verlo con la cara bañada en sudor.

-        No, todavía no estoy cansado. Ya no debe estar lejos, le contestó el muchacho, ya contagiado por la fe del padre.

 

Cuando llevaban cavando unas tres horas, habían logrado hacer un gran socavón del que solo salía tierra y algunos trozos de cerámica, también rojiza como el terreno. Manuel no se desalentaba, sino que a medida que el hoyo era mayor, se iba animando más y más, y sus ojos relucían con un brillo tan extraño, que asustaban a Andrés.

 

-        Padre, tranquilícese, que el tesoro ya debe estar cerca.

 

Pero Manuel no lo oía. Con la mirada perdida, fijaba sus ojos en el fondo de la excavación mientras con las manos crispadas sacaba puñados de tierra que tiraba al suelo desmenuzándola poco a poco.

 

De pronto vió Andrés que la tierra del fondo iba desapareciendo perdiéndose por una pequeña grieta, y cuando dio otro golpe con la azada, notó que ésta cedía y ante sus ojos se abrió un boquete.

 

-        ¡Padre!, exclamó el muchacho.

-        ¡Ya lo tenemos!, gritó alborozado Manuel mientras abrazaba a su hijo, ¡ya lo tenemos!

 

Andrés continuó cavando, y el agujero se hacía cada vez más grande. Cuando tuvo tamaño suficiente para el paso de un cuerpo, le dijo Manuel que se iba a meter dentro.

 

-        No padre, lo haré yo. Mi cuerpo es más delgado y yo iré sacando lo que encuentre.

 

Y metiendo primero los pies, se fue introduciendo lentamente hasta desaparecer por completo. Pasó un rato, que a Manuel le pareció un siglo, y sin poder contenerse gritó al muchacho.

 

-        ¡Andrés! ¡Andrés!

-        ¡Padre!, contestó la voz lejana de Andrés.

 

Al momento asomó el muchacho la cabeza y sacando las manos entregó al padre gran cantidad de monedas. Volvió a desaparecer y varias veces se repitió lo mismo mientras Manuel iba amontonando junto a la muralla, monedas, piedras preciosas, broches, brazaletes y otras muchas joyas.

 

Andrés, ya agotado, apenas podía sacar la cabeza por el boquete, mientras Manuel agitado, gritaba como un loco:

 

-        ¡Saca más! ¡Más! ¡Más! ¡Saca más!

 

Y Andrés, desapareciendo una vez más, se dispuso a seguir su tarea.

 

Manuel, revolviendo con las manos aquel tesoro, no dejaba de gritar:

 

-        ¡Más! ¡Quiero más!

 

De pronto se oyó un gran estrépito de piedras y vió horrorizado que un gran trozo de muralla, que había perdido su estabilidad al excavar en su pie, caía dentro del hoyo tapándolo por completo. Él trató desesperadamente de quitar aquellas piedras, pero no pudo. Se hizo de noche, y con las manos ensangrentadas, llenó la espuerta con el tesoro y bajó la cuesta dando grandes traspiés, hasta llegar a su casa. Cuando le contó a su mujer lo sucedido, salieron a la calle a buscar ayuda.

 

Al día siguiente, los hombres que habían estado todo la noche quitando piedras para rescatar a Andrés, encontraron el cadáver de éste completamente machacado, mientras que en sus manos tenía aún aprisionadas varias monedas.

 

Y desde entonces, se decía en el pueblo, al hablar de los tesoros que había en el viejo Castillo:

 

Escamilla enriqueció

Pero un hijo le costó.