Página personal de Demetrio José Merino Alcántara

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JUAN ESLAVA GALÁN

Arjona (Jaén) 1948...

 

EL TESORO DE CABRA 

De su libro: LEYENDAS DE LOS CASTILLOS DE JAÉN

 

Un campesino al que pedí de beber en una calurosa siesta del estío me contó esta historia, sentados cerca del borde de la carretera que va de Bedmar a Bélmez, a la sombra de un repoblado pino.

 

El bisabuelo de mi abuelo o el bisabuelo de mi bisabuelo estuvo una vez en Granada sirviendo al rey o atendiendo a cualquier otro asunto y subió a ver la Alambra porque se la habían ponderado mucho. La Alambra es un cerro donde hay un castillo y una fuente. Enfrente de la fuente, en la puerta del castillo había unos poyos de piedra y mi bisabuelo se sentó allí a hablar con unos moros viejos que tomaban el sol. Uno que tenía la barba blanca, cuando supo que era de Cabra le dijo que él era también de allí pero que tuvo que cerrar su casa e irse a Granada cuando llegaron a Cabra los castellanos, hacía ya muchos años. Para señal le dejó ver una llave grande y vieja que decía que era la que abría su casa de Cabra y le contó que en el castillo del pueblo había dejado enterrado un tesoro de muchas piezas de plata y oro y de perlas dentro de un cántaro que tenía pintadas una mano abierta y una llave.

 

Atardeció y refrescó el día y los moros se fueron a sus casas y mi bisabuelo a su cuartel o a su fonda. Al otro día mi bisabuelo volvió a subir porque tenía poco que hacer en Granada o porque se había aficionado a la plática del viejo, pero ya no lo encontró ni a ninguno de los que con él estaban el día de antes. Preguntó a un portero con gorra de plato que había en la puerta de la Alambra para cobrar la entrada a los turistas y el otro le contestó con malos modos que ya no había moros en Granada.

 

Cuando mi abuelo volvió a Cabra y contó lo que le había pasado con el moro de la Alambra muchos se rieron de él y creyeron que le habían tomado el pelo viendo que era de pueblo, pero a poco comenzó a haber mucho trasiego nocturno en el cerro del castillo y se veían luces moverse y a las primeras casas del pueblo llegaban, con las rachas de viento favorable, rumores que parecían de pico y pala. Como el cementerio está al pie del cerro del castillo algunos achacaban las luces a las ánimas, que cuando se les pone poco aceite en las palmatorias andan trapaceras y pesquisidoras de la noche, y los otros ruidos a otros ejercicios de los inquietos difuntos.

 

Lo cierto es que el cerro del castillo empezó a llenarse de hoyos y que cada vez se veían más luces allí arriba y los fragores excavadores arreciaban. Nadie decía palabra en el pueblo pero los vecinos se encontraban embozados y nocturnos, con el azadón al hombro, por calles y caminos y hacían como que no se veían. Algunos más previsores se llevaban hasta a la mujer para que los acompañaran, arrebujada en una manta y sentada en una piedra, por si el tesoro era demasiado grade para transportarlo una persona sola.

 

Con el tiempo se fue cansando la gente de fatigar al monte con las cavas, cuando ya no quedaba palmo de tierra que no hubiesen removido un par de veces, y se fueron olvidando del asunto. Ya va para muchos años que no inquietan las noches con luces y azadonazos nocturnos. Ahora en el cerro de San Juan –que así llamamos al cerro del castillo- solo se ve la torre airosa de un blanco palomar, con palomas en las piqueras despulgándose al tranquilo sol mañanero.