Página personal de Demetrio José Merino Alcántara

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JUAN ESLAVA GALÁN

Arjona (Jaén) 1948...

 

EL PASTOR DE LAS NAVAS 

De su libro: LEYENDAS DE LOS CASTILLOS DE JAÉN

 

Al rey Alfonso VIII de Castilla vengarse le llevó diecisiete años; a Martin Alham, un pobre diablo de muy baja condición, solo diecisiete días. La venganza fue la misma y ninguno de ellos la habría podido cumplir sin el auxilio del otro. ¡Hermoso ejemplo de hermandad por encima de las diferencias sociales!

 

La sesión del consejo real fue tormentosa y duró hasta bien entrada la noche. Alfonso VIII tuvo que imponerse con tozuda determinación contra el sentido común de sus barones. Luego se retiró a su espaciosa tienda que había mandado montar al amparo de los muros del Ferral, dentro de la empalizada. Rechazó la cena que le ofrecía el mayordomo, se refrescó el rostro en un vidriado lebrillo morisco y se echó, vestido, sobre su lecho de campaña. Insomne, permaneció largo rato con los ojos cerrados sin poder conciliar el sueño. Solo se oía el chisporroteo de un candil de aceite que ardía sobre la mesa.

 

Diecisiete años atrás los almohades habían derrotado al ejército castellano cerca de Alarcos. En aquel día, el más amargo de su vida, Alfonso VIII tuvo que volver la espalda y huir para salvar la vida. El resquemor de aquella humillación lo había acompañado durante diecisiete largos años. En este tiempo había vivido sólo para preparar el desquite. Ahora, caudillo del mayor ejército que la cristiandad viera jamás, estaba acampado en medio de Sierra Morena. Su odiado enemigo, el califa almohade, temblaba ahora de miedo un poco más allá. Entre ellos sólo se interponía la sierra y Alfonso VIII había decidido salvar este obstáculo a toda costa. No iba a ser una empresa fácil. Sólo existía un camino que el ejército cristiano pudiese utilizar para alcanzar al musulmán: el paso de la Losa, una garganta tan áspera y difícil que mil hombres podrían defenderla de cuantos pueblan la tierra. Ningún estratega que estuviese en su sano juicio se atrevería a aventurar a su ejército por aquellas estrecheces mientras las alturas estuviesen ocupadas por tropas enemigas. Se había discutido en el consejo. El rey quería pasar a toda costa pero sus barones y los maestres de las Ordenes Militares se empeñaban en desaconsejarlo. Pretendían volver sobre sus pasos y bordear la sierra en dirección Este en busca de otro paso más fácil o menos guardado. Alfonso VIII sabía que la Losa era una ratonera, pero su sed de venganza era tal que no admitía más dilaciones.

 

Probaba a amanecer cuando ya el campamento despertaba con sus mil ruidos característicos. Los cocineros deforestaban los alrededores del castillo en busca de leña para sus fogones. De todas partes acudían curiosos a ver la fortaleza del Ferral, conquistada la víspera, de cuyos muros de calicanto almohade se decía que eran mucho más fuertes que la piedra de grano y que ni el más pesado mangonel podía hacer mella en ellos.

 

Frente a la tienda real dos escuderos escoltaban a un hombre de ruín aspecto. Se echaba de ver que era serrano por el pellote grasiento que vestía. Debía ser uno de aquellos raros pobladores de la sierra, medio vagabundos, que vivían de lo que daba el monte: bellotas, caza con trampa y robo de viajeros extraviados. Se había empeñado en que él podía dar noticia al rey de un paso que conocía y que podía llevar al ejército cristiano hasta la retaguardia de los musulmanes sin peligro ni daño.

 

Era lo que Alfonso necesitaba. Por un heraldo mandó venir al caudillo Don Diego López de Haro y le encomendó que verificase lo que aquel hombre aseguraba Los exploradores, guiados por el serrano, se aventuraron por los actuales parajes del Puerto del Rey y Salto del Fraile y fueron a salir, esquivando los relieves más comprometidos de aquellas montañas, a la explanada de la mesa del Rey. Un mensajero entusiasmado regresó a el Ferral para certificar la idoneidad del paso. Al día siguiente todo el ejército cristiano siguió aquel itinerario. Salvaron felizmente las montañas, descansaron unos días en la llanura, se prepararon para la batalla, batallaron y aniquilaron al ejército almohade. El califa hubo de huir a uña de caballo.

 

La gente de la sierra acudió al campo de batalla para cosechar los despojos de los caídos. Confundido entre los ávidos saqueadores Martín Alhaja se afanaba en buscar el cadáver del adalid almohade que diecisiete días antes le había arrebatado cinco conejos, su caza de todo el día, cuando pretendía venderlos en el campamento musulmán. Como Martín protestara por aquel atropello, el otro lo había molido a bastonazos y le había prohibido aparecer de nuevo por allí. Después de buscarlo durante muchas horas, Martín encontró por fin el cadáver que buscaba. Lo reconoció por una cicatriz cárdena que lucía en la mejilla derecha y por algunos detalles de la indumentaria. Presentaba el cráneo muy bien partido por un mandoble o un mazazo. Martín sintió alivio porque ya desesperaba de dar con él y empezaba a temer que hubiera escapado con vida. Sólo despojó el cadáver de un cinturón de cuero verde que valdría lo que sus cinco conejos. Para que la venganza fuese un acto de estricta justicia no quiso lucrarse de ningún otro botín y se retiró con las manos vacías, monte arriba, en busca de su choza.

 

Nadie volvió a ver al rústico que guió a los cristianos por el itinerario alternativo a el paso de la Losa. Alfonso VIII tenía previsto enriquecerlo y llevárselo consigo a la corte toledana, pero el hombre no apareció. Una piadosa tradición sostiene que era un ángel del cielo enviado por Dios, o San Isidro Labrador en persona.