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JUAN ESLAVA GALÁN
Arjona (Jaén) 1948...
EL CIEGO DE RUS
De su libro: LEYENDAS DE
LOS CASTILLOS DE JAÉN
El alcaide moro del castillo de Rus tenía un
hijo que era muy aficionado a la caza. Raro era el día que no salía al campo
caballero en un brioso bayo y rodeado por una inquieta nube de ladradores
podencos a cada uno de los cuales sabía él llamar por su nombre preciso. Era
un tiempo en que abundaba el áspero jabalí más que ahora por estas tierras y
se le cazaba con ballesta o valerosa lanza.
Atardecía después de una sudorosa jornada
cinegética y perseveraba el mancebo en su acecho a la vera de un riachuelo
donde había un abrevadero de puercos. Barruntando la cercanía de los bichos,
el cazador comenzó a tensar su ballesta que era una de las de molinillo,
robusta y con adornos de asta o de hueso. Apoyando el mocho en el suelo
doblaba el arco de acero con la fuerza de una poderosa manivela. Cuando ya
casi llegaba la cuerda al tope del gatillo, el arco se rompió y uno de los
cabos fue a dar al mancebo una profunda herida en la cabeza. A consecuencia
de este accidente quedó ciego el desventurado.
El invierno dio paso a la primavera y
florecían los almendros en la loma de Canena. Resignado a sus tinieblas el
hijo del alcaide de Rus no dejaba de salir al campo con su caballo y sus
podencos y se solazaba en distinguir los variados cantos de las aves, el
rumor del viento en las cañas y los alborotos de sus perros cuando
columbraban la fuga del puerco o del venado.
Un mediodía de mayo, fatigado de las calores,
descabalgó el ciego a la refrescante sombra de un frondoso olmo. Tuvo un
sobresalto: alguien le tiraba levemente de la marlota. Inútilmente exploró
sus contornos con las manos extendidas. Sintió que dulcemente le tocaron los
ojos y una voz suave como la piel de las uvas le pidió que los abriese.
Quedó con sus ojos claros y su vista restituída ante una hermosa mujer que
sonreía.
La señora le pidió que mandase desenterrar una
figura que había debajo de aquel árbol. Al otro día hombres con azadones
cavaron y encontraron una estatua de piedra. Representaba a la señora que
había obrado el prodigio. Al enderezar la imagen una clara fuente manó del
molde que dejaba en la tierra. El alcaide moro de Rus dio gracias al cielo e
hizo venir alarifes y canteros para que construyeran una ermita que
aposentase dignamente la imagen de la hermosa señora y la cristalina fuente.
Este es el origen de la ermita de Santiago
donde mana hasta hoy una fuente de clara y saludable agua.
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