Página personal de Demetrio José Merino Alcántara

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JUAN ESLAVA GALÁN

Arjona (Jaén) 1948...

 

EL AJEDREZ DEL REY DE SEGURA 

De su libro: LEYENDAS DE LOS CASTILLOS DE JAÉN

 

Toda la nobleza de Castilla sacó de las arcas sus mejores galas para asistir en Burgos a las ricas bodas de Ruy Velázquez con doña Lambra. Dignas fueron de un rey. Para ensalzarlas se vaciaron los graneros, bodegas y corrales de Castilla. Muchos vientres salieron de mal año en aquel casorio. Al segundo día, después del banquete que seguía a los torneos, un joven grupo de parientes de los nobles contrayentes jugaba a abatir con lanzas un castillo hecho de tablones pintados de rojo. Gonzalo, el menor de los siete hermanos de Salas, sobrino de Ruy Velázquez, medía su destreza en tirar al tablado con Alvar Sánchez, primo de la novia. Los dos eran muy jóvenes y habían bebido en exceso. Después de ensayar varios tiros dudosos pareció que uno de Gonzalo acertaba con fuerza y el ilusorio castillete de tablas se deshizo con estrépito. Alvar Sánchez pretendía que el tiro no era válido porque había pisado Gonzalo una raya en el suelo. A unas palabras destempladas siguió el sacar las dagas de sus fundas de cobre y los dos mozos rodaron sobre las losas por debajo de las mesas, trabados en un mortal abrazo. Manchaban sus valiosos mantos con las suciedades del banquete. Gonzalo se levantó algo aturdido mirando, como si no entendiese lo que pasaba, el puñal ensangrentado que tenía en la mano. Sacudido por laboriosos estertores moría Alvar.

 

Al silencio oprobioso de los presentes siguió un grito de ¡muerte! lanzado por alguien y un revuelo. Pareció que los siete hermanos de Salas se iban a enfrentar con algunos convidados de la parte de la novia y el difunto que ya habían requerido sus puñales. Gente de edad y respeto acertó a poner paz para que la cosa no llegase a más. Se otorgó un noble funeral al desventurado Alvar Sánchez. Los Salas ofrecieron reparaciones y pareció que las dos familias lo habían aceptado como una fatalidad nacida de la desafortunada combinación de juventud y vino.

 

Para mostrar su arrepentimiento y buena voluntad los siete de Salas quisieron acompañar al séquito de doña Lambra cuando ésta partió para su heredad de Barbadillo. Ruy Velázquez se demoraría en Burgos unos días. Ella hizo el camino en una mula parda. Hablaba poco, fingiendo afición al canto de las aves y a los otros sonidos del campo. La altiva señora era de corta estatura y para disimularlo iba siempre muy tiesa, levantando la cabeza como si mirara a las nubes. Con los finos labios apretados y los ojitos semicerrados, iba rumiando qué venganza cumpliría tomar contra el linaje de los Salas que habían profanado sus bodas. En Barbadillo mandó que sus criados agasajaran a los Salas antes de la vuelta y cuidó que uno de su confianza afrentase a Gonzalo lanzándole un cohombro lleno de sangre al rostro. Confiaba doña Lambra en que siendo los Salas pocos y estando rodeados de criados suyos se amilanarían. Junto al brocal de piedra del pozo, en el centro del patio, Gonzalo recibió el cohombro y saltó como si hubiese esperado aquella ceremonia y todo lo que ocurría estuviese largamente decidido y ensayado. La ciega espada en la mano aulló tras el ofensor. Los otros Salas requirieron sus armas y sus caballos. Con una tenue sonrisa doña Lambra acogió en su manto al fugitivo. Inútil gesto. Profanando las sagradas leyes de la hospitalidad allí mismo lo hicieron pedazos las violentas espadas de los Salas y la sangre del desdichado salpicó el rostro y los vestidos de doña Lambra. Luego huyeron a caballo y se abrieron camino en medio de una memorable noche, pródiga en denuestos y silentes estrellas. 

 

Pasaron los años. El tiempo que todo lo mitiga y borra no hizo sino acrecentar la sed de venganza de doña Lambra. La dama esquivaba las urgencias nocturnas de Ruy Velázquez fingiendo que la amargura le impedía otros sentimientos más dulces. Lo acizañaba con palabras como éstas: Si fueses mi cumplido marido hace ya tiempo que me habrías vengado.

  

Ruy Velázquez, hombre de estrecha frente y pobladas cejas, muy dado a la caza, cedió con hastío y supo sin asombro que su mujer le había ahorrado el plan. Del conde de Castilla, al que doña Lambra había regalado un buen caballo, consiguió que enviase a Gonzalo Gustioz, el padre de los infantes de Salas, a Córdoba, de embajador ante Almanzor. Envuelto en un lienzo llevaba el pergamino sellado con el sello de plomo de Castilla. 

 

Almanzor recibía en un luminoso patio rodeado de columnas donde había un ciprés con pájaros y una fuente antigua. Un intérprete volvió a traducir, a petición de Almanzor, el contenido del documento. En nombre de las amistosas relaciones entre Córdoba y Castilla se le pedía que hiciese degollar al portador de aquella misiva. Almanzor contemplaba una distraída puesta de sol desde la ventana adornada con filigranas de yeso. Pensó que nada había tan fatigoso como el ejercicio de la justicia o las crueldades del poder a las que él se debía. Envidió a los que envidiaban el poder porque no lo tenían. Se apiadó de la noble mirada del anciano que tenía ante sus ojos y ordenó que lo encerrasen, sin cadenas, en una torre que había sido antes blanco palomar frente al Guadalquivir. Desde la ventana el paso de los barcos por el río mitigaría su prisión. La hermana de Almanzor acudía a la torre cada día para llevar al cautivo comida y compañía. Sentada en un escabel a los pies de Gonzalo Gustioz aprendía los rudos sonidos que se hablan en Castilla. Quedó preñada de él y tuvo un hijo al que llamaron Mudarra.

 

Mientras esto ocurría en Córdoba, Ruy Velázquez convocó a sus sobrinos para una cabalgada contra los moros por la parte de Almenar. El día señalado salieron armados los siete infantes. Flameaban las banderolas en la punta de las robustas lanzas. Al atravesar el bosque de Saladillo, Nuño Salido, el viejo ayo que enseñara arte militar a todos los infantes, vio cruzarse el vuelo de una corneja hacia poniente.

 

—Mal agüero -advirtió-. Si seguimos adelante no volveremos vivos de esta jornada.

 

Los infantes de Salas rechazaron el consejo del viejo. Su tío Ruy Velázquez los tacharía de cobardes si no comparecían en la cabalgada. Siguieron adelante.

 

En Almenar los moros se habían puesto en celada por concierto con Ruy Velázquez. En un llano pedregoso rodearon a los siete infantes y les cortaron la cabeza en presencia de su tío. Metidas en un costal estofado de hierbas y alcanfor enviaron las cabezas a Córdoba. 

 

Almanzor hizo llevar a Gonzalo Gustioz a su palacio y le mostró, sobre un poyo adornado de azulejos, la fila de cabezas. Siete y la de Nuño Salido ocho. El anciano las iba tomando una a una y las reconocía entre dóciles lágrimas. Les limpiaba los cuajarones de sangre y las briznas de oscura hierba que tenían pegadas al rostro y les hablaba como si estuviesen vivos. Almanzor, compadecido, otorgó al viejo la libertad y unas monedas de plata para que pudiese volver a Castilla.

 

Llegamos por fin a los hechos que disculpan la inclusión de esta leyenda entre las de Jaén. Mudarra, el hijo de Gonzalo Gustioz y la hermana de Almanzor, creció en los palacios de Córdoba y se hizo un hombre corpulento que gastaba bigote rojizo. Era muy vehemente y algo tartamudo. Lo apreciaban como experto en las cosas de la guerra. Un día estaba en Segura de la Sierra que era reino, jugando una partida de ajedrez con el rey. Era este un hombrecillo pálido, apto sólo para la intriga, que se jactaba de sus saberes ajedrecísticos. Jugaban bajo un emparrado, en la torre del agua. El viento les traía a veces los rumores domésticos que ascendían del pueblo, los cantos de las eras y los martillos de las fraguas. La partida había prolongado sus avatares durante un día y una noche, a la luz del aceite. Al filo de la mañana, cuando el incierto resplandor comienza a revelar el mundo, Mudarra, que jugaba con las negras, movió un alfil que asestó jaque mate a su contrincante. El rey de Segura se mostró mal perdedor. Derribó violentamente el tablero donde la ficción y las reglas enfrentan a dos ejércitos ilusorios y llamó a Mudarra hijo de nadie.

 

El tablero estaba hecho de madera de nogal y tenía dos dedos de grueso. Un artífice sevillano había decorado los bordes con taraceas de marfil y teselas bizantinas. Mudarra, iracundo, tomó el tablero con ambas manos y lo estrelló contra la real testa de su contrincante. El tablero y el cráneo se rompieron. Sesos y sangre mancharon los historiados tapices que alfombraban el suelo y las figuras negras y blancas despavoridas. Mudarra volvió a Córdoba. La fatiga del veloz camino mitigó su impaciencia. El palacio de su madre tenía un huerto que daba al Guadalquivir y para regarlo una noria cuyos arcaduces eran orzas doradas. Sentados en los poyos de la noria, la todavía bella señora tomó las manos de su hijo entre las suyas y le refirió toda la historia de los infantes de Salas, sus hermanastros. 

 

Mudarra madrugó y salió de Córdoba por la puerta de Toledo. Iba en hábito de trajinante, las armas ocultas, para pasar más desapercibido. Atravesó una sierra y un valle sin río, pródigo en encinas. En las afueras de un triste poblado de casucas polvorientas supo que había entrado en Castilla: dispersó sin trabajo a un grupo de jovenzuelos que habían empezado a apedrearlo.

 

Por la polvorienta Castilla buscaba Mudarra a Ruy Velázquez. Se detenía a beber en los pozos y preguntaba a los pastores y porqueros por tal caballero. Junto a un puente de piedra, cerca de Burgos, se encontraron. Ruy Velázquez tenía, con la edad, los ojos algo más hundidos y oscuramente orlados y el pelo escaso y gris, pero todavía era fuerte y podía ejercer las armas. No pareció sorprenderse cuando Mudarra le anunció quien era y a qué venía. No lo contemplaba como a una forma humana sino más bien como a la representación de la venganza, de la justicia o del destino. Dejaron a los caballos pastando entre las encinas. Apenas cambiaron unos mandobles. Mudarra acertó a Ruy Velázquez entre el cuello y el hombro y lo sajó hasta la cintura.

 

Encontrar a doña Lambra fue más fácil. Con los años había engordado considerablemente y vivía casi recluída en su torre de Barbadillo. Sabemos que Mudarra la quemó viva pero no conocemos las circunstancias. Luego regresó a Córdoba. Al pasar por Alcocer se detuvo a contemplar el campo melancólico, sin un árbol, donde ya empezaban a verdear los trigos de la próxima primavera. Cuando llegara el estío habría rojas amapolas mecidas por el viento.