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JUAN ESLAVA GALÁN

Arjona (Jaén) 1948...

 

UN PRESAGIO 

De su libro: LEYENDAS DE LOS CASTILLOS DE JAÉN

 

Don Pedro Girón, maestre de Calatrava, el hombre más poderoso de los que no han llevado corona en toda la historia de España, detuvo su bayo en medio de la plaza y esperó a que Cosme Sánchez, su amigo y consejero, llegase a su lado.

 

—Dime, Cosme amigo, tu que conoces la abrasada Castilla y que llevas en las botas el polvo de todos sus caminos, ¿has visto en parte alguna una fuerza comparable a la de esta torre de los calatravos?

 

Señalaba don Pedro a la torre exagonal que luego se llamaría “de Boadbil” y que todavía perdura en Porcuna.

 

—Ciertamente no -concedió Cosme previendo el silogismo.

 

Don Pedro abarcó con un movimiento de su robusto brazo a la comitiva que los seguía.

 

-¿Y cuando se ha visto en Castilla a tres mil hombres de armas con sus caballos y sus robustas lanzas, todas con banderola rojiblanca? Ese bujarrón que lleva sobre la cabeza, como un asno, la corona de Castilla: ¿Podría levantar una tropa parecida?

 

—Ciertamente no -contestó Cosme con un suspiro resignado.

 

—Pues si yo tengo la fuerza y la voluntad de casarme con Isabel no veo que haya en estos reinos alguien o algo capaz de impedírmelo. Un favor le hago al rey esposando a su hermana porque desde hoy tendrá un respeto que antes no ha tenido. Yo sabré ajustar las cuentas a esa nobleza enredadora que se come las rentas del reino.

 

—Hablas como si el reino fuese ya tuyo.

 

—Ja, ja, ja, ¡Lo será! -dijo el maestre de Calatrava espoleando su caballo para terminar la conversación.

 

Salían de Porcuna por el antiguo camino del Berrueco, atravesando el bosquecillo de álamos y las canteras. Al largo tropel de jinetes, que levantaba una espesa nube de polvo ocre, seguía una veintena de carros tirados por robustos bueyes y escoltados por más jinetes. Transportaban el rico ajuar, los paños, tapices, vasos, brocados y tiendas con que Don Pedro Girón concurría a Castilla y los aparejos propios de las justas y torneos y todas las fiestas que es costumbre hacer en las bodas de los príncipes.

 

Isabel había dejado de rogar al rey su hermano que impidiese aquellas bodas. Comprendió que el débil monarca tenía miedo del Maestre de Calatrava y que estaba dispuesto a conceder todo lo que aquel quisiese. Gentes de confianza mantenían a la muchacha informada de todo cuanto ocurría fuera del alcázar y la obedecían como si previesen en ella a Isabel la Católica que sería años más tarde.

 

En un cuarto apartado se recluyó Isabel. La tenue luz que filtraba la celosía de yeso dejaba ver, sobre el blanco de la pared del fondo, los pies clavados de un crucifijo antiguo. De rodillas sobre la piedra permaneció la joven un día y una noche, rogando a Nuestro Señor que la matase a ella o que matase al Maestre, pero que impidiese la boda.

 

Comenzaba la tarde a dispersar las formas y los colores del llano. Al ruedo lento de los carros llegaban las tropas del Maestre al castillo del Berrueco. Por el horizonte, detrás de ellos, una espesa nube de cigüeñas apareció. Volaban muy bajo y parecían seguir el mismo camino que había traído la caballería. El Maestre descabalgó y entró en el castillo. Para que se refrescara, alguien le ofreció una jofaina de agua clara recién sacada del pozo y un blanco lienzo. Don Pedro bebió ruidosamente aplicando sus gruesos labios al borde de la jofaina y luego aventó con ambas manos el agua contra su rostro salpicando a cuantos le rodeaban. Enjugándose el cuello con el trapo se volvió a dar órdenes. En la explanada estaban congregados sus hombres y miraban unánimes al cielo. La nube de cigüeñas se había acrecentado y giraba ahora como un remolino de blanca espuma por encima del lugar impidiendo que los últimos soles de la tarde dora­sen las piedras del castillo.

 

Alguien dijo:

 

—Es un mal agüero.

 

—¡Son pamplinas!— cortó Don Pedro. Quería dar confianza a la gente que andaba turbada porque nunca se había visto cosa semejante.

 

Las cigüeñas permanecieron largo rato dando vueltas sobre las almenas. Luego prosiguieron su vuelo y se perdieron sobrevolando nocturnas el camino que iba a Castilla. La armonía perfecta de la noche restituyó las estrellas y los invisibles grillos. En torno a los fuegos del campamento sólo se hablaba de las cigüeñas.

 

Cuatro días más tarde se detuvieron en Vilarrubia, cerca de Ciudad Real que todavía no era ciudad. Montaron las tiendas donde está el horno de pan, a un lado y otro del arroyo, bajo el inclemente sol. Pastores bajaban a vender queso de oveja y corderos. Mujeres hambrientas pululaban por entre las tiendas ofreciéndose. Antes del anochecer un emisario trajo por el camino de Toledo los saludos y parabienes del rey. El maestre de Calatrava comió y bebió de excelente humor y se fue a dormir. No volvería a levantarse: murió de esquinencia aquella misma noche. Si la crónica que sigo en este asunto hablase de que el maestre murió haciendo muecas y retorciéndose entre horribles dolores y echando espuma verde por la boca, tendría yo motivo para exponer mis sospechas de que la mosquita muerta de Isabel pudo haber agenciado que le administraran algún veneno.

 

En esta muerte los hombres deben tomar ejemplo, -acaba el cronista- para no querer subir más alto de lo que les corresponde. Por esto cayó el ángel del cielo y fue expulsado el hombre del paraíso y derribada la torre de Babilonia y muerto Goliat.