Página personal de Demetrio José Merino Alcántara

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JUAN ESLAVA GALÁN

 

Arjona (Jaén) 1948... 

 

EGILONA 

De su libro: LEYENDAS DE LOS CASTILLOS DE JAÉN

 

En Andújar, orilla rumorosa del Guadalquivir, hubo un alcázar o palacio fortificado del que ya no quedan vestigios. Una plaza recoleta y silenciosa se llama hoy “Altozano del Alcázar”. En este mismo lugar y en parecidas ventanas enaltecían sus flores las manos enamoradas de Egilona. 

 

En 711 un correo sudoroso descabalgó en el patio empedrado del palacio que los reyes godos poseían en Córdoba. Antes de entrar se sacudió con los guantes el polvo que traía en los vestidos. El hombre estaba exhausto. Declaró haber reventado dos caballos por el camino. Era portador de funestas noticias: junto al río Guadalete, los africanos que desembarcaran en Gibraltar habían derrotado con gritos, tambores y lanzas al ejército de Rodrigo. El rey estaba muerto. Entre los angustiosos cañaverales y el fango nadie honraría su cadáver, ni el de la flor de la nobleza goda. La ambición y el odio vedaban a los invasores el disfrute de la victoria. Se derramaban como hormigas por las antiguas calzadas romanas y por las orillas del Guadalquivir y todas las ciudades hispanas los salían a recibir con dádivas de plata y trigo y venerables ancianos que portaban las sumisas llaves de las ciudadelas. Muchos nobles godos se disputaban la amistad de Tarik, el agrio caudillo africano, y rivalizaban por cabalgar a su lado y le importunaban con obsequiosa conversación junto a las nocturnas fogatas de los campamentos y se enemistaban entre ellos y contendían por revelar a los musulmanes los mejores pasos hacia Toledo con mapas que dibujaban sus nerviosos bastones sobre el polvo ante la mirada entre suspicaz y despreciadora del gran Tarik. El caudillo de los musulmanes hablaba poco. Sentado en su silla de cuero repujado que enaltecían borlas rojas y negras, bebía silenciosa leche de camella en una copa de oro conquistado y cuando el godo se enardecía creyendo que su narración había despertado el entusiasmo del caudillo y se esforzaba en acrecentar elocuencia y gramática, el moro decía una palabra a su esclavo negro y este expoliaba sin miramientos un precioso anillo que el conferenciante había olvidado ofrecer a Tarik. 

 

Cuando ya creía Tarik que su aburrida corte de godos aduladores le había transmitido cuanto necesitaba saber de los caminos, tesoros y maravillas de Hispania, un oscuro personaje compareció ante él una mañana, después de la oración, para alabarle la más preciosa joya que había poseído el desdichado Rodrigo, una joya de incalculable valor digna de brillar por encima de todo el oro y la plata que acrecentaba las arcas del califa: Egilona, la hija del último rey de los godos. 

 

Tarik ordenó que compareciese el más joven de sus capitanes, Abdelazis, el hijo del victorioso Muza. Ve a Córdoba y no regreses sin traer noticia cierta de Egilona, la hija de Rodrigo, aunque tengas que arrancar los ojos de todos los notables de la ciudad. 

 

Abdelazis, con un grupo de los más fieles jinetes de su tribu y familia, remontó las aguas del Guadalquivir. En las paradas nocturnas, sentado frente a la roja decadencia de la hoguera, no podía apartar su pensamiento de Egilona a la que nunca había visto. La adornaba en su imaginación con las formas de lejanas mujeres que conocía, aquellas que dotaban sus finos tobillos con tintineantes ajorcas de plata. ¿Cómo sería el rostro de Egilona? ¿Cómo su cintura? ¿Qué penetrante aroma de canela dejaría su piel en la tibieza matinal del lecho? ¿Qué dedos gráciles como cabrillas enaltecían sus manos? Un vientecillo nocturno rizaba plateada luna sobre el Guadalquivir y lo vestía de cota de mallas. Los caballos pastaban agrupados en una sombra sobre la fresca hierba. Entre los árboles se percibían, apagados, los rumores de la noche. Bajo la bóveda de laboriosas estrellas Abdelazis sintió la caudalosa felicidad de haber dejado el desierto y de poseer esta tierra fértil y apacible que ensalzaba la mirada de Egilona.

 

La misma tarde que llegaron a Córdoba Abdelazis averiguó sin torturas que Egilona había huido hacía días por el camino de Toledo. La acompañaban algunos deudos que no le negaron fidelidad en la hora difícil. Antes de que amaneciese ya estaba Abdelazis fatigando caminos. Cuando divisaba una venta o alquería enviaba al intérprete con dos jinetes en busca de noticias de los fugitivos.

 

Ensangrentaba la tarde el horizonte cuando cruzó la tropilla un llano dorado ribeteado de blancos álamos por el lado del río. Llegaron a un horno de cerámica. Un chorro de humo negro se elevaba verticalmente hacia el cielo. Cratio, el alfarero, los había visto llegar por el camino adornado de pitas y chumberas. Limpiaba sus robustas y ágiles manos en el delantal y contemplaba sin miedo a los recién llegados. Abdelazis ensayó un saludo que había aprendido en lengua latina y descabalgó despaciosamente para que los alfareros notasen que, aunque el más joven del grupo, era el jefe. Una veleta de cobre que figuraba un gallo giró con ruido en el vértice del tejado que era a dos aguas.

 

Junto a la fuente que daba agua a los amasaderos del barro una frágil figura femenina estaba de espaldas, inmóvil. Había puesto una hermosa jarra verde vidriada bajo el caño y parecía no advertir que ya el agua la llenaba y rebosaba derramándose con fulgores por el lado del ultimo sol. Abdelazis contempló la delicada forma de la muchacha, su piel transparente, los pequeños senos que se adivinaban tímidos bajo la túnica, la frente espaciosa, los melados ojos de tristísimo y apacible mirar, los marcados pómulos, la boca prominente de gordezuelos labios y el breve mentón. La muchacha empalidecía y se azoraba. Intentó sonreir. Una arruguita, que pareció deliciosa a Abdelazis, nacía de su sonrisa, encima del labio superior. Las primeras estrellas empezaban a parpadear en el cielo indeciso, todavía gris, y un cálido vientecillo traía aromas fluviales del bético cañaveral cercano. Abdelazis supo al fin que había encontrado a Egilona. Haciendo acopio de sus palabras latinas consiguió pedirle agua. Ella pareció salir de un sueño y se la ofreció en la dulce copa de sus manos unidas.

 

Durante un tiempo Abdelazis y Egilona fueron felices moradores del doméstico alcázar de Andújar. En un patio enlosado en el que había una fuente con dos caños de bronce y algunos ajados rosales y un limonero, pasaban las horas muertas conversando en susurros o acechando el canto del ruiseñor o las querellas del palomar vecino. Creían o fingían creer que el mundo se había olvidado de ellos. Egilona solo hablaba latín. Abdelazis solo árabe. Cada uno aprendía las palabras esenciales de los labios del otro: amor, cielo, dolor, miel, atardecer, caricia, ausencia, flor, paloma, espejo... 

 

En ausencia de Muza su hijo Abdelazis fue encargado del gobierno de Al-Andalus pero él no abandonó el alcázar de Andújar. Algunas noches velaban los enamorados por no demorar su pasión con la pasiva inconsciencia del sueño y, arrebujando su desnudo abrazo en un mismo manto de pieles, acudían a contemplar la amanecida desde la alta galería del alcázar que daba al Guadalquivir y sus huertas por encima de los cipreses poblados de pájaros, del trasmuro y de la muralla. Podían pasar días confinados en su amoroso encierro, sin aparecer, olvidado Abdelazis de sus asuntos de gobierno. 

 

Un día descabalgó en la puerta del alcázar un emisario vestido de negro cuyo orgullo consistía en su montura marroquí y en la brillante espada de la India que llevaba a la espalda. En un tubo de cobre cincelado traía carta del califa de Oriente. En ella se ordenaba a Abdelazis que convocase en Sevilla una asamblea de notables de todas las tribus y familias pasadas a Al-Andalus porque había que tratar graves asuntos de gobierno.

 

Egilona salió a despedirlo, reprimiendo las lágrimas, al puente romano. Una cigüeña que había anidado entre las almenas de la torre del puente, enloqueció y se tiró al río. Flotaba su blanco cadáver entre los juncos y algas de la orilla, presagiando naufragios.

 

Por la calzada romana llegó Abdelazis a Sevilla. Cuando rezaba en la espesa penumbra de la mezquita, los conjurados, que habían recibido cartas secretas del califa de Oriente, se le acercaron por detrás con la silenciosa complicidad de las alfombras. El menos cobarde de ellos descargó un golpe decisivo que despertó la inútil bravura de los otros. La joven cabeza de Abdelazis rodó por el suelo esparciendo sangre y atónitas miradas.

 

El mensajero vestido de negro regresó a la corte del califa de Oriente. Colgado de su silla de montar se balanceaba un odre que contenía la cabeza de Abdelazis conservada en salmuera. Cuando la hubo presentado al califa, éste convocó a Muza para que reconociese si aquella era la cabeza de su hijo. El padre asintió.

 

De Egilona sabemos, ambiguamente, que murió de amor en el alcázar de Andújar.