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JUAN ESLAVA GALÁN
Arjona (Jaén) 1948...
TRAICIÓN EN BEDMAR
De su
libro: LEYENDAS DE LOS CASTILLOS DE JAÉN
El día de viernes Santo de
1460, en cuanto se abrieron las puertas de la ciudad, los cuatro hermanos
Calanchas salieron a caballo de Úbeda. Frente a las ventanas del alcázar
donde posaba el cuerpo de guardia se despidieron notoriamente y cada uno
pareció tomar un camino distinto. Era una precaución. Luego se reunieron con
rodeos donde el pilar de la Aldehuela, junto al camino de Jimena. El cielo
estaba gris y llovía a cántaros. Los Calanchas se protegían del aguacero
cubriéndose con lienzos encerados. Uno de ellos tosía reciamente. Sin mediar
palabra dejaron abrevar a los caballos y luego tomaron entre olivares el
camino del valle que parecía un arroyo de barro ocre. Por puente de tabla
cruzaron el Guadalquivir. Bajaba soberbio de aguas y muy turbio. Dejaron
atrás las ruinas del molino de Ero, incendiado la primavera anterior. A la
altura de Maquiz, dos jinetes que esperaban resguardados bajo el ramaje
inclemente de un higuerón, se unieron al grupo. Debajo de los anchos gorros
de cuero de perro de los Córdoba se adivinaban los rasgos de dos gemelos,
aunque el mayor mostraba más canas en la indócil barba y una ancha cicatriz
cárdena que le partía la mejilla derecha y casi le cerraba el ojo, servía
para distinguirlo del otro. Siguió el grupo su difícil camino sin cruzarse
con nadie y en la encrucijada de Recena, donde está la cruz de piedra que
mandó alzar un rey antiguo, recibió a su séptimo y último componente, un tal
Róquez. Este era un hombre alto y enjuto que vestía pellote de cuero y
portaba al cinto un ancho cuchillo. La espesa barba gris le comía la cara.
Aunque siempre estaba riendo lo delataba la mirada huidiza de los taimados.
Arreciaba la lluvia.
Dura era la vida de estos
hombres que habían hecho oficio de la bravura. Profesaban atravesar la
nocturna frontera para perpetrar robos y muertes en tierra de moros.
Regresaban con fatigados rebaños de vacas y ovejas, con cautivos, con recuas
cargadas de trigo y vivían de la subasta de estas rapiñas o del rescate
sobre personas si apresaban en golpe de suerte a un moro notable o rico.
También sabían salir a atajar las entradas de ciertos moros colegas suyos
que robaban a los cristianos. Con suerte cobraban en trigo y aceite lo
estipulado por cada cabeza de pagano presentada a la autoridad.
Bajo los sucios mantos
protegían de la lluvia los hierros de los cuchillos y los palos de las
ballestas y el esparto de las capachas donde guardaban oscuro pan, cecina y
vino. Con pocas palabras adobadas de blasfemias y denuestos a la persistente
lluvia y al consecuente barro coronaron el camino de Jimena y llegaron,
entre viñas estragadas por el invierno, al sitio que llaman del Ayozar. Allí
se aventó el grupo. El menor de los Córdobas tomó el camino del castillo de
Solera, de cuyo alcaide era falso amigo. Uno de los Calanchas se dirigió al
castillo de Albanchez y los cinco que quedaron siguieron por la senda que
baja a Bedmar. Cesó la lluvia y se abrió el día. Tímidamente salía el sol.
Una mano poderosa adornada de
anillos les ofrecía oro e impunidad si le entregaban los castillos de Bedmar,
Solera y Albanchez y la cabeza doncel de don Luis de la Cueva, señor de
Bedmar.
Don Luis de la Cueva, heredero
de un ilustre linaje, estaba muy ajeno a cuanto se le venía encima. Aquel
día se enamoraba de su primera espada, un buen acero de Cuellar que le había
enviado su pariente el duque de Alburquerque porque cumplía quince años.
Fingiendo que regresaban de
una entrada en tierra de moros descabalgaron los cinco traidores en el patio
del castillo de Bedmar. Desde la escalera del Alcazarejo los saludaba el
confiado don Luis:
-
¿Qué albricias traéis de Granada,
Róquez?
-
Pocas y malas, señor. Anoche pasamos al
moro, con más frío que pelando rábanos y fuimos sentidos por las escuchas.
Se llenaron los cerros de almenaras, cuernos y señales como si fuéramos el
rey de Castilla que entraba a talar la vega. Ha sido forzoso que volvamos
con las manos vacías y pérdida de una mula. Solo queríamos besaros las manos
y pediros licencia para volver a Úbeda con una carga de sal a ver si este
comercio alivia nuestra pobreza.
Tal como los traidores habían
previsto, don Luis mandó a uno de sus criados a que dijese al salinero que
tuviese preparada una carga de sal, privilegiado monopolio del señor, para
sus amigos. Róquez miró de reojo a sus compinches, se mordisqueó un poco el
labio de abajo antes de volver a hablar.
-
Otra cosa os queríamos pedir, señor
–dijo casi con humildad-. Que des licencia al talabartero de Villavieja para
que nos venda una docena de cuerdas para los palos de nuestras ballestas que
las traen flojas con estas humedades.
Don Luis mandó a otro criado a
por las cuerdas. Ya sólo quedaba en el castillo un hombre capaz de manejar
armas, que era el portero. Las demás personas eran jovenzuelos y mujeres.
Dejando al Roques que
entretuviese con su conversación a don Luis, disimuladamente se salieron los
demás y se fueron a la entrada donde dieron al portero una gran herida por
las tripas porque quiso evitar que cerrasen la puerta de la fortaleza. Un
pajecillo aguador que vió lo ocurrido corrió a dar aviso a don Luis. Ya
venían los compinches de Roques llevando a rastras al portero que aullaba
con las tripas por el suelo. Pensaban que don Luis, como muchaho, se
desanimaría viéndose solo y tomada la puerta del castillo por donde no había
de recibir auxilios del pueblo.
Pero sucedió de otra manera
porque don Luis a la vista de la turbia sangre de su criado sintió la
fiereza de su sangre antigua y atacó a los golfines. Aunque lo malhirieron
en la refriega ejercitó su espada en todos ellos. Mató a cuatro y el quinto
alcanzó laboriosamente a sobrevivir unas horas para contar el plan que
traían. Mandó don Luis aviso a los alcaides de Albanchez y Solera y los
otros dos conjurados fueron prendidos y ahorcados en aquellas almenas.
Después de su famosa hazaña
don Luis sanó de sus heridas y vivió largos años para servir a los reyes
Católicos. Siendo ya un anciano de setenta años lo mataron lanzadas de
gentes del señor de Jódar que se habían emboscado en la senda de la
Angostura viniendo del Guadalquivir a Bedmar. Por esta muerte se renovaron
venganzas entre las banderías nobiliarias de Úbeda y corrió mucha sangre y
hubo incendios.
Un hijo del don Luis de
nuestra historia, llamado don Alonso de La Cueva, fue el que hirió en el
rostro y apresó a Juan de Padilla, caudillo de los comuneros en la batalla
de Villalar, y envió a la iglesia de Bedmar la bandera del rebelde
castellano que el párroco mostraba a los visitantes, con sus letras bordadas
en oro que decían: “defensor patriae”.
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