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JUAN ESLAVA GALÁN
Arjona (Jaén) 1948...
MACÍAS EL ENAMORADO
De su
libro: LEYENDAS DE LOS CASTILLOS DE JAÉN
Un amigo del marqués de
Villena, conociendo la afición de éste por las discretas invenciones de los
antiguos, (no en vano había traducido el marqués, antes de ser Maestre de
Calatrava, a Virgilio y al Dante), le envió a un grupo de cómicos y
saltimbanquis itinerantes. El marqués hizo pregonar por sus villas y
castillos que el doce de Julio, aprovechando que caía en día feriado, habría
fiestas, lumbres y cómicos en el ejido de Porcuna y que todos los vasallos
de la Orden de Calatrava estaban invitados.
Ocasiones como aquella no
menudeaban en la áspera frontera frente al moro. Por todos los caminos
acudieron alegres cofrades unos a pie y otros a caballo o en humildes asnos.
En las encrucijadas de los caminos se encontraban antiguos amigos y se
ofrecían vino en pellejos. De Arjonilla, donde el marqués tenía un castillo
con dos torres almenadas y un aljibe grande, llegaron, entre otros, su paje
Macías y Elvira, la más joven de las damas de la marquesa de Villena.
En la explanada del ejido de
Porcuna, pegado a las piedras de la muralla, habían levantado un catafalco
de madera que tendría la altura de un hombre. Allí esperaban los cómicos,
vestidos de mil artes, y la gente se acercaba a verlos y a ofrecerles vino
que ellos no desdeñaban. En cuanto se fue el sol subieron a su estrado el
marqués de Villena y sus magnates. Los alegres grupos que cubrían la
explanada tendieron sus mantas y esterillas y tomaron asiento en perfecto
silencio. Sonó el trompetazo que señalaba el comienzo de la representación.
En un rincón apartado, lejos
de las tribunas y de la lúdica luz de las antorchas, se habían acomodado
Macías y Elvira. El joven Macías estaba de excelente humor porque había
pasado todo el día escoltando a Elvira entre la apretada muchedumbre que
frecuentaba los puestos donde los buhoneros y feriantes ofrecían las más
variadas e insólitas mercancías. Cuando una mano de Macías se posó como
distraídamente sobre el hombro de doña Elvira pareció que sus dos corazones
eran palomas dulcemente angustiadas. Macías detuvo su cálida mano sintiendo
la perfecta redondez del brazo femenino, hasta que acabó el teatro y
hubieron de levantarse.
Continuaban las fiestas y las
hogueras. Charlando animadamente para mitigar la cómplice timidez, los dos
jóvenes llegaron a la puerta de una taberna. Debajo del fanal de hierro, la
tabla que anunciaba los vinos tenía diestramente dibujado con vistosos
colores un escarpín dorado. Entraron, bajaron unas escaleras de caracol y se
sentaron a una mesa. Como si fuera un rito antiguo tomaron sidra y queso.
Doña Elvira untaba pequeñas rebanadas de pan y Macías, feliz, comía de su
mano. Conversaban y reían cogidos de las manos y fingían ignorar que una
fiebre nueva los estaba arrasando. Para que la ceremonia fuese perfecta en
otra mesa un hombre joven comenzó a cantar con armoniosa voz y todos los
parroquianos lo coreaban alegremente.
El antiguo rito del amor
requería ahora la soledad. Por la estrecha escalera de caracol subía riente
doña Elvira sin soltar la mano de Macías. El enamorado la seguía y
contemplaba arrobadamente las suaves redondeces de las caderas femeninas. En
aquella escalera se besaron por primera vez, furtivamente. Salieron a la
noche. Bajo las tranquilas estrellas pasearon abrazados sin rumbo fijo.
Llegaron a una arboleda que medio ocultaba las ruinas de un templo antiguo.
En una dormida alberca se remansaba el firmamento.
Pasaron los meses y creció el
amor. Sólo Elvira sabía a quien iban destinadas las trovas y canciones con
que Macías mitigaba las largas veladas invernales de la exigua corte del
Maestre, frente a la fragorosa chimenea donde ardían troncos de olivo.
Macías hubo de ausentarse un
tiempo. A su regreso recibió la dolorosa noticia de que el Maestre de
Calatrava había casado a Elvira con un noble hacendado de Porcuna llamado
Hernán Pérez de Vadillo. Era la época de la vendimia. Andaban por los
caminos carros llenos de capachas rezumantes de mosto que frecuentaban las
recalcitrantes avispas. Con lágrimas en los ojos y un distraído cinto de
seda entre los dedos, el muchacho contemplaba desde las almenas el inmutable
curso de la vida en los campos de uvas y en el horizonte crepuscular. Las
risas y cánticos de las cuadrillas llegaban hasta sus oídos desde el vecino
valle.
Los amores de Macías y doña
Elvira eran un secreto a voces que las desesperadas canciones del trovador
pregonaban. Enloquecido rondaba el poeta los nocturnos balcones donde el de
Vadillo recluía celoso a doña Elvira. El Maestre de Calatrava, lo uno por
ahorrar peligro de males mayores y lo otro por atender las justas quejas que
el de Vadillo le traía contra el trovador, mandó recluir a Macías en la
torre más amplia del castillo de Arjonilla. Este encierro no hizo sino
añadir leña a la hoguera del amor.
Romances y canciones de Macías
eran ahora del pueblo y se oían en las eras de las trillas y en los
lavaderos. Hernán Pérez de Vadillo salió oscuro de su casa en una mula muy
de mañana. Fingiendo que iba de caza tomó el camino de Arjonilla. Estaba el
sol en lo alto y acariciaba la dorada cabeza de Macías, melancólicamente
recostado contra la reja de su prisión. El trovador cantaba el infortunio de
sus amores sentado en los poyos de la ventana.
Sin apearse de su mula el de
Vadillo se acercó al pie de la torre y levantándose crispadamente sobre los
estribos arrojó un afilado venablo contra el prisionero. El hierro le entró
más de un palmo por los riñones. La caja del laud sonó agria contra las
losas. Macías se desplomó herido de muerte.
La flor de la frontera vino al
entierro de Macías. La fama de sus desastrados amores fue tanta que muchos
años después seguían yendo galantes peregrinos a Arjonilla para visitar la
tumba del trovador. Sobre la losa habían dejado el hierro del venablo que lo
matara y un pergamino con unos versos suyos que decían:
Aquesta lanza sin falla
¡ay, coytado!
non me la dieron del muro
nin la prise yo en batalla,
mal pecado.
Mas viniendo a ti seguro,
amor falso e perjuro
me firió y sin tardanza
o tal fue la mi andanza
sin ventura.
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