Página personal de Demetrio José Merino Alcántara

Dianora Inicio Claves Excursiones Glosario Leyendas

 

JUAN ESLAVA GALÁN

Arjona (Jaén) 1948...

 

LA VALEROSA CONDESA 

De su libro: LEYENDAS DE LOS CASTILLOS DE JAÉN

 

La valerosa condesa de Martos se tiene bien ganado un puesto en la ambigua galería de mujeres de armas tomar junto a las fieras amazonas de teta calcinada, junto a la monja alférez, María Pita, Agustina de Zaragoza y las anónimas hembras de navaja en la liga que encadilaban al candoroso gabacho sufridor de nuestras decimonónicas posadas.

 

Martos era, poco después de su conquista, de las mas importantes fortalezas que tenían los cristianos en esta frontera –llave del reino la llama el cronista- y su alcaide, don Alvar Pérez de Castro, pasaba por ser el más experto caudillo castellano.

 

Acaeció que, como el denostado centralismo no es cosa de hoy, don Alvar tuvo que ausentarse para ir a la corte de Toledo a solucionar unos asuntos. Quedaban en la fortaleza la condesa, su mujer, y cuarenta y cinco caballeros al mando de su sobrino don Tello.

 

Don Tello, como fogoso mozo que era, todavía no mostraba inclinación por la prudencia y siempre estaba dispuesto a ejercitar las licencias de la guerra. Aprovechando que su tío lo había dejado de alcaide y jefe de la guarnición del castillo, organizó una cabalgada por las vecinas tierras de los moros en busca de gloria y dineros y a ella se llevó a todos los hombres disponibles. Así fue como una imprudencia de don Tello dejó desguarnecido al mejor castillo que los cristianos poseían en estas lindes.

 

Por espías tuvo noticia de lo que pasaba el rey moro de Arjona, (el ilustre Aben Alhamar, que luego lo sería de Granada), y, sin pensarlo dos veces, reunió las fuerzas que pudo y fue sobre Martos con la codicia de apoderarse de tan estratégica posición.

 

En la torre más alta del castillo de Martos tenía su vivienda el alcaide. Un pajecico entró corriendo en el cuarto donde la valerosa condesa bordaba en redondo bastidor, frente a la chimenea.

 

-        ¡Que vienen los moros! – exclamó el chiquillo sin aliento.

 

La condesa no perdió la compostura. Hermosa era su cabeza de matrona coronada de madrugadoras canas que don Alvar, insomne, contaba por las noches. Dejó la condesa su hacienda sobre una silla y se asomó a una ventana que daba a poniente. Una larga fila de moros de a pie y de a caballo ascendía por la senda empedrada del castillo. Todavía se veían tan pequeños como hormigas pero se distinguía bien el flameo de sus albornoces colorados y las motas y adornos de las monturas: eran moros.

 

-        Para que veáis lo borriquísimos que sois los hombres –suspiró la condesa- A ver que vamos a hacer ahora un puñado de mujeres y chiquillos. Esta es la ganancia que espera a don Tello: que por su culpa se pierda Martos y nos perdamos nosotras.

 

La dura vida de la frontera acuñaba hembras fuertes y emprendedoras. La condesa demostró ser una de ellas: ordenó a todas las mujeres de la fortaleza que dejasen lo que estaban haciendo para vestirse y armarse con prendas y herramientas de los hombres ausentes y que de esta guisa se exhibiesen por las almenas, fingiendo que eran guerreros prestos a defender el castillo.

 

El ascenso a la Peña de Martos era, y es, empinado y dificultoso. A mitad de camino los moros expedicionarios se habían detenido por mitigar la taquicardia y recuperar el resuello. Uno de los sudorosos adalides, que estaba bebiendo golosa agua de su calabaza ahuecada, fue el primero que vio poblarse de lanzas las almenas de la Peña. Le vino un súbito golpe de tos que espurreó a los que le rodeaban.

 

-        ¡Falsos eran los informes! ¡Hay hombres armados!, exclamó señalando a las alturas.

 

Alhamar comprobó, contrariado, que la fortaleza estaba defendida. Como hombre prudente que era llamó a sus notables a deliberar. Que don Tello había salido de cabalgada era evidente, pero no era menos cierto que algunas fuerzas habían quedado previsoras en la fortaleza.

 

Entre los adalides de Arjona había poco acuerdo. Unos querían volverse desconfiando de los informes y recelando celadas. Otros eran partidarios de perseverar en la empresa ya que estaban allí. A este último grupo pertenecía el que habló y dijo:

 

-        Ya me parece que estoy oyendo los comentarios de nuestro aliado el rey de Sevilla, en su corte de maricas sentados en cojines y perfumados con agua de rosas. Dirá: mirad los de Arjona, iban contra mujeres y claro, al encontrarse con que había unos pocos hombres en el castillo tuvieron que volver con las manos vacías y rabo entre piernas.

 

Alhamar, estratega, decidió amagar un cerco para ver si se desalentaban los defensores de la Peña. Mandó montar unas pocas tiendas y simular que no tenían prisa.

 

En cuanto don Tello supo lo que estaba ocurriendo regresó a Martos precipitadamente con su ahora pesarosa tropa de saqueadores. Al llegar a la vista de la Peña advirtieron que los moros les cerraban con sus tiendas y hatos el único camino de acceso al castillo. Estaban indecisos cuando entre ellos se destacó un mancebo llamado Diego Pérez de Vargas que dijo:

 

- ¿Qué es lo que nos detiene?. Arremetamos por medio de los moros y demostremos que somos capaces de pasar por ellos y socorrer a la Peña. Un hidalgo debe perder el miedo donde un hombre lo debe perder.

 

Persuadidos por tan sutiles razonamientos arremetieron los cristianos contra el enemigo y a lanzadas y tajos se abrieron brioso camino hasta la Peña.

 

Alhamar quedó muy sorprendido de la bravura de aquellos hombres y, considerando que ahora que habían llegado al castillo sabrían defender la posición con ventaja, decidió levantar su indeciso cerco y volverse a su tierra.

 

Así fue como la estratagema de la condesa salvó a la peña de Martos de caer en manos musulmanas.