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JUAN ESLAVA GALÁN
Arjona (Jaén) 1948...
LA TRAGANTÍA
De su
libro: LEYENDAS DE LOS CASTILLOS DE JAÉN
Cuando las huestes del
arzobispo de Toledo atravesaron angostas los puertos del Muradal con carros,
cruces y caballos, ya sabía el atribulado rey de Cazorla que iban a devastar
sus posesiones y que sería un despilfarro inútil que aquel minúsculo reino
intentara resistir por las armas a la adiestrada violencia de los
cristianos.
Había en el antiguo castillo
de Cazorla un mirador alto desde el que se contemplaba el verde valle
pespunteado de blancas almunias y un claro río concurrido de norias y
molinos. Atravesaba la corriente un sólido puente de madera con clavazón de
bronce. Uno de los troncos que componían sus pilares había agarrado en el
lecho del río y le verdeaban ramas por primavera. Veía el rey cómo sus
gentes diminutas y apesadumbradas atravesaban el puente tirando de carritos
en los que habían cargado sus más valiosos enseres. Voces domésticas y
palomas volaban cerca del castillo con el viento favorable. En lo alto,
coronando de verde y de gris el valle, se veían, como un tapiz, los pinares
de la Sierra de Segura.
Bien sabía el desdichado rey
de Cazorla la suerte que esperaba a su menguado reino. Como dos años antes
hicieran en Quesada, los cristianos entrarían a sangre y fuego y devastarían
todo lo que no pudieran rapiñar. Talarían árboles y viñedos, con teas de
lino y alquitrán pondrían fuego al pueblo y a las blancas almunias,
arrasarían los sembrados, arruinarían las norias, cegarían los pozos y las
acequias, aportillarían las cercas y dejarían tras de sus caballos un rastro
de ruina y desolación cuando regresaran a sus tierras cargados de despojos y
arrastrando atónitas cuerdas de cautivos.
El rey de Cazorla había tomado
las medidas que cumplen a un buen gobernante preocupado por el bien de su
pueblo: permitió el éxodo de sus súbditos hacia tierras más seguras de las
que podrían regresar cuando el peligro hubiese pasado. Por el empedrado
camino de Baza, que atravesaba los puertos de Tíscar, se despobló el reino
de Cazorla. El propio rey había puesto a salvo su trigo y sus caballos días
antes. Ahora se demoraba en el castillo solitario y recorría sus devastadas
estancias silenciosas, cerrando puertas y alacenas y asomándose a todas las
ventanas. Sin tapices las paredes parecían más grandes y eran iguales como
en un sueño.
Los hombres de la escolta
transmitían su impaciencia a los caballos en el patio. Iban recelosos de que
las avanzadas de los cristianos alcanzasen el valle antes de que ellos
hubiesen tenido tiempo de ponerse a salvo. Ignoraban que el desdichado rey
tenía un motivo para retrasar la salida. Había decidido que su hija
permaneciera en el castillo, oculta en unas secretas habitaciones
subterráneas cuya antigua existencia sólo él conocía. Aunque la dejaba bien
provista de alimentos y lucernas de aceite y todas las otras cosas
necesarias para no sentir incomodidad alguna en los pocos días que duraría
su reclusión, el atribulado anciano no acababa de resinarse a partir.
Cuando el rey de Cazorla
atravesó a galope tendido el ruidoso puente de madera, seguido de media
docena de sus fieles, no había en todo el valle una chimenea que humeara en
medio de la perfecta quietud. Sus vasallos estarían a salvo. El no. El
helado zumbido de un proyectil taladró el aire cristalino que tienen las
mañanas en Cazorla y una emplumada vara atravesó el cuello del rey y lo
derribó sobre los maderos. La punta le salía, roja, por las vértebras. Un
grupo de ballesteros surgió del herbazal de la ribera apuntando con sus
armas al grupo fugitivo. Pareció que el rey quiso decir algo antes de morir,
pero el hierro le había segado la voz. Se levantaba el sol dándose prisa en
hacer su larga carrera del día de San Juan. Una hormiga empezó a subir por
la mano del cadáver.
Lo cristianos no devastaron el
valle. Se establecieron en él y lo poblaron con sus ávidos colonos traídos
de lejanas tierras. Pronto volvió el humo a las chimeneas y el laborioso
sonido a las norias y a las herrerías y las alegres canciones a las eras.
En el húmedo subterráneo había
varias estancias unidas por un angosto pasillo y por un silencio perfecto.
Pilares de piedra sostenían el techo de las mayores. El salitre reinaba
sobre el granito de los muros. En algunos había lápidas con inscripciones
paganas. Dentro de un nicho excavado en la roca un goteo quería remedar a
una fuente. Con siglos de paciencia había labrado un pozuelo en la losa del
suelo.
La tinieblas del subterráneo
no toleraban noches ni días. Con un misericordioso candil en la mano vagaba
la princesa por sus breves dominios muriéndose de angustia cada vez que
creía escuchar un ruido.
A la zozobra de las primeras
horas sucedió la resignada paz de la prisionera y luego su desesperación y
su locura cuando comprendió que el mundo se había olvidado de ella. Las
provisiones se acabaron, la lámpara extinguió su luz con un chisporroteo.
Aterida de frío, quizá porque ya llegaba el invierno y allá fuera el río
arrastraba tortas de nieve montañera, la infeliz se dispuso a morir debajo
de las mantas de su oscuro lecho. Durmió, o creyó dormir, un espacio de
tiempo frecuentada por atroces pesadillas. Cuando despertó sentía, en el
hervor de una fiebre, las piernas heladas y doloridas. Quiso frotarlas con
las manos. Le devolvían un tacto viscoso de piel desconocida y áspera que le
produjo asco y escalofríos. No sentía hambre ni impaciencia. Dormía y no se
movía del lecho. Sin horror ni sorpresa aceptó en su cuerpo el lento
prodigio de mudarse en serpiente hasta la adolescente redondez de las
caderas. Reptaba por sus tinieblas entre silbos a los pilares que sostenían
el techo.
Así fue como la desdichada
princesa se transformó en Tragantía. En la noche de San Juan la Tragantía
canta con dulcísima voz:
Yo soy la Tragantía,
hija del rey moro,
el que me oiga cantar
no verá la luz del día
ni la noche de San Juan.
Si un niño escucha esta
canción, el monstruo lo devora. Por eso la gente menuda procura irse a la
cama y estar dormida muy temprano.
En una torre del castillo de
Cazorla hay una pesada losa con una argolla de hierro que nadie se ha
atrevido a levantar. Se dice que es la entrada, seguida de larguísima
escalera angosta, que lleva al subterráneo donde el rey de Cazorla ocultó a
su hija. A un postigo del mismo alcázar le llaman de la Tragantía y a una
solitaria cueva que está en el camino, de Montesino.
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