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JUAN ESLAVA GALÁN
Arjona (Jaén) 1948...
LA CÁMARA DE LAS
ESTATUAS
De su
libro: LEYENDAS DE LOS CASTILLOS DE JAÉN
(extraída
de la “Historia Universal de la Infamia”, de Jorge Luis Borges.)
En los primeros días había en
el reino de los andaluces una ciudad en la que residieron sus reyes y que
tenía por nombre Lebtit, o Ceuta, o Jaén. Había un fuerte castillo en esa
ciudad, cuya puerta de dos batientes no era para entrar ni aún para salir,
sino para que la tuvieran cerrada. Cada vez que un rey fallecía y otro
heredaba su trono altísimo, éste añadía con sus manos una cerradura nueva a
la puerta, hasta que fueron veinticuatro las cerraduras, una por cada rey.
Entonces acaeció que un hombre malvado, que no era de la casa real, se
adueñó del poder, y en lugar de añadir una cerradura quiso que las
veinticuatro anteriores fueran abiertas para mirar el contenido de aquel
castillo. El visir y los emires le suplicaron que no hiciera tal cosa y le
escondieron el llavero de hierro y le dijeron que añadir una cerradura era
más fácil que forzar veinticuatro, pero él repetía con astucia maravillosa:
“Yo quiero examinar el contenido de este castillo”. Entonces le ofrecieron
cuantas riquezas podían acumular, en rebaños, en ídolos cristianos, en plata
y oro, pero él no quiso desistir y abrió la puerta con su mano derecha (que
arderá para siempre). Adentro estaban figurados los árabes en metal y en
madera, sobre sus rápidos camellos y potros con turbantes que ondeaban sobre
la espalda y alfanges suspendidos de talabartes y la derecha lanza en la
diestra. Todas esas figuras eran de bulto y proyectaban sombras en el piso,
y un ciego las podía reconocer mediante el solo tacto, y las patas
delanteras de los caballos no tocaban el suelo y no se caían, como si se
hubieran encabritado. Gran espanto causaron en el rey esas primorosas
figuras, y aún más el orden y silencio excelente que se observaba en ellas,
porque todas miraban a un mismo lado, que era el poniente, y no se oía ni
una voz ni un clarín. Eso había en la primera cámara del castillo. En la
pared final vieron grabada una inscripción terrible. El rey la examinó y la
comprendió, y decía de esta suerte: “Si alguna mano abre la puerta de este
castillo, los guerreros de carne que se parecen a los guerreros de metal de
la entrada se adueñarán del reino.”
Estas cosas acontecieron el
año 89 de la hégira. Antes que tocara a su fin, Tárik se apoderó de la
fortaleza y derrotó a ese rey y vendió a sus mujeres y a sus hijos y desoló
sus tierras. Así se fueron dilatando los árabes por el reino de Andalucía,
con sus higueras y praderas regadas en las que no se sufre sed. En cuanto a
los tesoros es fama que Tárik, hijo de Zaid, los remitió al califa su señor,
que los guardó en una pirámide.
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